BCNmp7 al CCCB: La perfidia de tu amor

Jul 22

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Jul 21

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Jul 19

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Jul 18

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La perfidia de mi falta de ritmo

Por Xavier Dalert (periodista)

Hechos muy lamentables nunca sucedidos en El patio andaluz, Barcelona
 Corrían los felices 90, año 10 a.C. (Antes de la Crisis). En otro tiempo, en otra geografía, compartí mi vida con una mujer algo mayor que yo, de nacionalidad colombiana. Fue una historia trabajada entre renuncias y miedos, urdida con la paciencia de un relojero, dicho sea de paso, no muy preciso. Finalmente, las muchas cosas en común, los largos paseos nocturnos, la complicidad y el conocimiento de nuestras propias rarezas y excepciones –quizá el amor no sea más que un alto grado de afinidad- inauguraron el primer capítulo del que debía ser libro de mis desengaños (copiosamente prologado en mi adolescencia. No podía ser de otro modo).Fueron cuatro años de amor ‘in disminuiendo’, en los que una vez, una noche, unos minutos –probablemente unos segundos- habitó una sonrisa plena y perfecta. Fue durante un baile.Carezco de ritmo. Por completo. En cierta ocasión, confundieron uno de mis conatos de baile con un ataque de epilepsia.Ella, a la que llamaremos… Dejémoslo en ella, como buena colombiana –el tópico es el tópico es el tópico- llevaba el ritmo en las caderas. Y yo, en mis pálidos cachetes posteriores. Pero aquella noche –aquel minuto, aquellos segundos-, me lancé al baile. La culpa no fue del cha-cha-chá. Más bien, fue del pa-cha-rán. Y allí que me lancé: pie derecho adelante, pie derecho al lado, pie derecho al centro, pie izquierdo adelante, pie izquierdo al lado, pie izquierdo al centro. Con gesto convencido. Rozando su cintura con mis dedos, palma sobre palma las manos, mientras ella sonreía.¿El resultado? Que al cabo de poco –pie derecho, pie izquierdo- me torcí un tobillo.No obstante, aquello generó una expectativa. Y durante años, ella quiso que fuéramos a bailar a El patio andaluz, en Barcelona ¿Por qué? Porque siendo yo español –el tópico es el tópico es el tópico- debía de llevar el duende y el quejío en las venas, aventuraba. (Y esa es una mentira que suele cuajar. Seguramente Inka, una mujer nórdica que completó un Erasmus en Barcelona, aún recuerda el fuego latino de aquel español moreno, tan mediterráneo, que la llevó a bailar tantas noches. El problema es que el fogoso latino se llama Jaume, y es de Sabadell. Aunque, claro, ella se llama Inka, y es de Uppsala…)Pasaron los años, y oculto tras la perfidia de mi falta de ritmo, siempre aduje un inconveniente para evitar la visita a El patio andaluz. Pasaron los años, decía, y ella se hartó. Tras dolorosa conversación, nos devolvimos los regalos –ella quiso algo más que el rosario de su madre-. Le pregunté por qué. Por qué. Por qué. “Porque no sabes bailar”, replicó.Al cabo –al muy poco cabo, por cierto-, encontró a otro hombre. Que sí sabía bailar. Hoy, son pareja estable y padres de dos niños.Y yo –la perfidia me persigue-, tras cerrar el primer capítulo del libro de mis desengaños, pude abrir el segundo.Lo peor de todo es que lo abrí, precisamente, en El patio andaluz.Lo que es la vida…

La perfidia de mi falta de ritmo

Por Xavier Dalert (periodista)

Hechos muy lamentables nunca sucedidos en El patio andaluz, Barcelona



Corrían los felices 90, año 10 a.C. (Antes de la Crisis). En otro tiempo, en otra geografía, compartí mi vida con una mujer algo mayor que yo, de nacionalidad colombiana. Fue una historia trabajada entre renuncias y miedos, urdida con la paciencia de un relojero, dicho sea de paso, no muy preciso. Finalmente, las muchas cosas en común, los largos paseos nocturnos, la complicidad y el conocimiento de nuestras propias rarezas y excepciones –quizá el amor no sea más que un alto grado de afinidad- inauguraron el primer capítulo del que debía ser libro de mis desengaños (copiosamente prologado en mi adolescencia. No podía ser de otro modo).Fueron cuatro años de amor ‘in disminuiendo’, en los que una vez, una noche, unos minutos –probablemente unos segundos- habitó una sonrisa plena y perfecta.

Fue durante un baile.Carezco de ritmo. Por completo. En cierta ocasión, confundieron uno de mis conatos de baile con un ataque de epilepsia.Ella, a la que llamaremos… Dejémoslo en ella, como buena colombiana –el tópico es el tópico es el tópico- llevaba el ritmo en las caderas. Y yo, en mis pálidos cachetes posteriores. Pero aquella noche –aquel minuto, aquellos segundos-, me lancé al baile. La culpa no fue del cha-cha-chá. Más bien, fue del pa-cha-rán. Y allí que me lancé: pie derecho adelante, pie derecho al lado, pie derecho al centro, pie izquierdo adelante, pie izquierdo al lado, pie izquierdo al centro. Con gesto convencido.

Rozando su cintura con mis dedos, palma sobre palma las manos, mientras ella sonreía.¿El resultado? Que al cabo de poco –pie derecho, pie izquierdo- me torcí un tobillo.No obstante, aquello generó una expectativa. Y durante años, ella quiso que fuéramos a bailar a El patio andaluz, en Barcelona ¿Por qué? Porque siendo yo español –el tópico es el tópico es el tópico- debía de llevar el duende y el quejío en las venas, aventuraba. (Y esa es una mentira que suele cuajar. Seguramente Inka, una mujer nórdica que completó un Erasmus en Barcelona, aún recuerda el fuego latino de aquel español moreno, tan mediterráneo, que la llevó a bailar tantas noches. El problema es que el fogoso latino se llama Jaume, y es de Sabadell.

Aunque, claro, ella se llama Inka, y es de Uppsala…)Pasaron los años, y oculto tras la perfidia de mi falta de ritmo, siempre aduje un inconveniente para evitar la visita a El patio andaluz. Pasaron los años, decía, y ella se hartó. Tras dolorosa conversación, nos devolvimos los regalos –ella quiso algo más que el rosario de su madre-. Le pregunté por qué. Por qué. Por qué. “Porque no sabes bailar”, replicó.Al cabo –al muy poco cabo, por cierto-, encontró a otro hombre. Que sí sabía bailar. Hoy, son pareja estable y padres de dos niños.Y yo –la perfidia me persigue-, tras cerrar el primer capítulo del libro de mis desengaños, pude abrir el segundo.Lo peor de todo es que lo abrí, precisamente, en El patio andaluz.Lo que es la vida…

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Jul 17

Con todos ustedes, La Gran Orquesta del Barrio Chino.
El próximo viernes, 22 de julio, estarán tocando en el CCCB.
Los ensayos están dando alegrías y gratas sorpresas. 
Hay muchas ganas ya. 

Con todos ustedes, La Gran Orquesta del Barrio Chino.

El próximo viernes, 22 de julio, estarán tocando en el CCCB.

Los ensayos están dando alegrías y gratas sorpresas. 

Hay muchas ganas ya. 

Jul 15

La historia de Joan y Mónica

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Es la historia de un despiste (cómo no hay otra igual).

Una silla. Así empezó todo, con una silla. Estamos en un envelat, y esto es Vallcarca, en una de esas calles empinadas dónde antes solamente había hierbajos, tierra y alguna que otra fuente a la que ir a por agua. Hay una orquesta, un montón de sillas de madera a los lados y guirnaldas de fiesta mayor.

Mónica no es del barrio, Joan se da cuenta al segundo. Aquí se conoce todo el mundo y a una morena así no la olvidas fácilmente. Joan quiere acercarse desde el momento en que la ve, pero no se atreve, ¿cómo hacerlo? Así que va rodeando al grupo de amigas, como si se tratara de un tiovivo, una aparición, o un planeta sobre el que hay que orbitar. Mónica ni ve al estudiante flacucho y alto que pulula, nervioso, pero sus amigas sí. Y los amigos de él también. Todos se mondan.

Al cabo de un rato, cuando ya está lo suficientemente cerca, Mónica se levanta a bailar con otro. Joan, desolado, se sienta. Cuando acaba la canción, ella vuelve, le mira, y frunce el ceño.

-¿Qué haces sentado en mi silla?

Joan tiembla. Es ahora o nunca.

-Se la he robado a la más guapa, mientras espero turno.

Mónica sonríe, complacida.

-Anda, tonto. Sácame a bailar.

Jul 14

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